¿Sobre qué?
“No lo sé.”
Lucía se inclinó más
“Esa es una respuesta preocupante.”
Esperanza miró a Miguel. Los ojos del niño se habían abierto, oscuros y confiados.
—Faltan piezas —dijo en voz baja.
¿Piezas de qué?
“Mi memoria.”
La mano de Lucía se detuvo junto al plato del pan.
“¿Qué quieres decir?”
Esperanza buscaba las palabras.
“Hay mañanas en las que me despierto y tengo la sensación de haber olvidado un sueño. No un sueño cualquiera. Algo importante. Casi puedo ver una habitación o escuchar una voz, pero luego se desvanece.”
“¿Esto ha ocurrido recientemente?”
“Esto lleva ocurriendo años.”
“¿Por qué nunca se lo has contado a nadie?”
Esperanza se encogió de hombros levemente, avergonzada.
“Pensé que era cansancio. Luego nació Tomás. Luego Miguel. Siempre había algo más urgente.”
La expresión de Lucía se suavizó, pero la preocupación seguía reflejada en sus ojos.
“Deberías decírselo a la Madre Caridad.”
“Ella ya duda de mí.”
“Ella no duda de ti.”
Esperanza volvió a mirar hacia la puerta.
“Ella duda de la historia que puedo contarle.”
“Eso no es lo mismo.”
—No —dijo Esperanza—. Pero se siente igual cuando eres tú quien no tiene respuestas.
Tomás empujó su cuchara de madera hacia ella.
“Caballo para mamá.”
Esperanza lo aceptó y sonrió.
“Gracias.”
Se apoyó en su brazo, satisfecho.
Por más inciertas que fueran las demás cuestiones, estos niños eran reales. Sus risas, su hambre, sus manos cálidas, su peso soñoliento sobre su hombro: nada de eso podía ponerse en duda.
Sin embargo, por primera vez, Esperanza se preguntó si el hecho de amarlos la había vuelto demasiado dispuesta a no preguntar cómo habían llegado a existir.
La doctora Paloma llegó antes de las diez.
Su automóvil gris se detuvo justo después de la puerta del convento, y la hermana Beatriz se apresuró a dejarla entrar. La doctora entró con un maletín médico negro, con el cabello recogido bajo un sencillo sombrero.
La Madre Caridad esperaba en el vestíbulo.
“Llegaste rápido.”
“Sonabas preocupado.”
“Estoy preocupado.”
Paloma se quitó los guantes.
¿Dónde está Esperanza?
“En la cocina con los niños.”
¿Puedo examinarla en la enfermería?
La Madre Caridad asintió
Mientras caminaban, la mirada de la doctora recorrió los pasillos con una atención que parecía demasiado deliberada. Echó un vistazo al cuarto de la ropa blanca cerrado con llave, al pasillo de la capilla y a la estrecha escalera que conducía a las habitaciones de huéspedes desocupadas.
La Madre Caridad lo notó
“Estás buscando algo.”
“Estoy recordando la distribución.”
“Nos han visitado durante once años.”
“Lo sé.”
Llegaron a la puerta de la enfermería.
La madre Caridad sacó el pañuelo de su bolsillo y lo desdobló.
La tira de cinta adhesiva estaba en el centro.
La doctora Paloma lo miró fijamente.
—¿Es tuyo? —preguntó la Madre Caridad.
“Es cinta quirúrgica común y corriente.”
“Esa no era mi pregunta.”
Los ojos de Paloma se alzaron
“Podría deberse a mi caso durante una visita anterior.”
“Estaba fresco.”
“¿Cómo puedes estar seguro?”
“Todavía tenía adhesivo.”
La doctora le apretó los labios.
“Madre Caridad, déjame examinar a Esperanza antes de que saquemos conclusiones de los restos.”
“Muy bien.”
Pero cuando Paloma se dirigió a la puerta, la Madre Caridad le dijo: «Te he confiado la salud de todas las mujeres de este convento».
La mano del médico permaneció sobre el pestillo.
“Lo sé.”
“Me gustaría seguir haciéndolo.”
Paloma se giró
No había ira en su rostro. Solo tristeza.
—Puede que descubras —dijo en voz baja— que la confianza y el conocimiento absoluto no siempre son lo mismo.
Antes de que la Madre Caridad pudiera responder, se oyeron pasos que se acercaban.
La hermana Esperanza apareció con Lucía. Miguel dormía en una cuna de tela contra el pecho de Lucía, mientras Tomás le sostenía la mano.
Esperanza miró del médico a la Madre Caridad.
“Llegaste rápido.”