Por lo general, el sonido de la campana la tranquilizaba.
Esa mañana, cada nota parecía plantear una pregunta.
La hermana Esperanza estaba sentada a la larga mesa de la cocina con Miguel en su regazo y Tomás a su lado.
La luz del sol entraba a raudales por las altas ventanas, calentando las paredes de piedra y convirtiendo el vapor de la olla de leche en finas cintas. La hermana Lucía estaba cerca de la estufa, cortando pan mientras vigilaba con cariño a los niños.
Tomás había decidido que su cuchara de madera era un caballo.
Lo hizo galopar por la mesa, emitiendo suaves chasquidos con la lengua.
“No se puede montar a caballo cerca de la leche”, advirtió Lucía.
Tomás se detuvo inmediatamente
“Caballo sediento.”
“Entonces el caballo debe esperar hasta después del desayuno.”
Esperanza sonrió y le dio un beso en la coronilla.
“Está aprendiendo a tener paciencia.”
—Está aprendiendo a negociar —respondió Lucía.
Miguel se removió contra el hombro de Esperanza. Era un bebé tranquilo, de mejillas redondas y se sentía a gusto cuando lo sostenían. Sus dedos se aferraron a un pliegue de su manto.
La hermana Lucía colocó dos rebanadas de pan en un plato y se sentó frente a Esperanza.
“Te ves pálido.”
“No dormí bien.”
“¿Por el bebé?”
Esperanza bajó la mirada hacia su estómago.
Aún no se apreciaba ningún cambio visible, pero ella ya había comenzado a tocarlo inconscientemente, como si protegiera algo oculto.
“Supongo que sí.”
Lucía bajó la voz.
¿Tienes miedo?
Esperanza dudó
“No.”
Era la misma respuesta que había dado siempre, pero esta mañana no le pareció convincente, ni siquiera a ella misma.
Lucía estudió su rostro.
“Está bien tener miedo.”
“Lo sé.”
“La Madre Caridad encontrará respuestas.”
La sonrisa de Esperanza se debilitó
“Lleva años intentándolo.”
“Eso no significa que haya fracasado.”
Esperanza miró hacia la puerta de la cocina.
A través de ella, pudo ver parte del jardín del claustro. Un sendero estrecho serpenteaba entre arbustos de romero y rosas blancas. Más allá del jardín se encontraba el antiguo ala de la enfermería, cerrada casi todos los días excepto cuando la doctora Paloma la visitaba.
Una extraña inquietud la invadió.
Recordaba haberse despertado allí una vez.
O creía recordarlo.
Había una lámpara sobre ella. Un paño frío en su frente. Alguien le decía: «Estás a salvo».
Pero, ¿cuándo había ocurrido eso?
¿Durante su primer embarazo?
¿Su segundo?
¿Antes de cualquiera de ellos?
El recuerdo se desvanecía cada vez que intentaba retenerlo.
¿Esperanza? —preguntó Lucía
Ella parpadeó
¿Sí?
“Te fuiste a un lugar muy lejano.”
“Solo estaba pensando.”