
severa.”
Sentí náuseas.
Ricardo revisó el baño, abrió el vestidor y pasó la luz de la linterna sobre el clóset que me ocultaba. Durante cinco segundos, el haz se quedó detenido justo frente a mi cara, separado de mí por unos centímetros de madera.
Luego se fue.
Veinte minutos después regresó para comprobar si alguien se había movido.
No salí hasta el amanecer.
A las siete, Ricardo volvió por la puerta principal usando su traje gris, cargando una bolsa con mis conchas favoritas de una panadería de Mixcoac.
—Perdón por no llegar —dijo con una sonrisa—. Dormí cerca de la oficina. ¿Por qué se fue la luz aquí?
Lo miré como si no supiera nada.
—Se botaron los fusibles. Me asusté y me fui un rato con la vecina.
Se acercó a abrazarme.
Olía a perfume… y a desinfectante.
Tuve que obligarme a no apartarlo.
Mientras me servía café, Nicolás