A las 2:13 de la madrugada mi hijo me advirtió: “Mamá, apaga la luz y escóndete; papá no puede verte”. Desde un cuarto oculto vi a mi esposo entrar con una jeringa, revisar nuestra cama y buscarme por toda la casa. No salí ni cuando se fue. Horas después encontré tres pólizas recientes… pero el seguro era apenas una parte de lo que planeaba quitarme.

PARTE 1

—Mamá, baja el interruptor general de la casa. Escóndete. Y, por favor, no confíes en papá.

Eran las 2:13 de la madrugada cuando la voz de mi hijo Nicolás me dejó helada.

Yo estaba sola en la casa de San Ángel que había heredado de mi padre, una casona antigua que yo misma restauré cuando todavía trabajaba junto a él. Ricardo, mi esposo desde hacía catorce años, me había escrito media hora antes diciendo que una junta en Santa Fe se alargaría hasta el amanecer.

—¿Nico? ¿Qué pasó?

—Hazme caso, mamá. Luego te explico.

No pregunté más. Apagué el interruptor principal y toda la casa quedó en negro.

Durante la remodelación había construido, detrás de un clóset de nogal, un pequeño cuarto de resguardo para documentos, planos y algunas piezas que pertenecieron a mi padre. Ricardo nunca supo que existía.

Entré, cerré el panel y me quedé