—Eso es mentira —interrumpió Teresa.
Valeria desbloqueó el aparato.
No me mostró mensajes.
No hizo falta.
Solo dijo:
—Hoy me lo quitó después del desayuno.
Sofía levantó la cara.
—La abuela dijo que mamá no podía hablar contigo hasta que se portara bien.
Teresa dio un paso hacia la niña.
Yo me moví primero y quedé entre las dos.
—No te acerques.
Mi madre abrió los ojos.
—¿Ahora me vas a tratar como si fuera una criminal delante de todo mundo?
No respondí.
Porque en ese instante entró el personal que había acudido por la llamada.
La casa dejó de ser la escena que Teresa había preparado.
Ya no importaban las copas, el vestido rojo ni las mesas llenas de comida.
Importaban las manos de mi hija.
Uno de los primeros en acercarse se agachó para quedar a la altura de Sofía y le pidió que mostrara las palmas.