Teresa dejó de avanzar hacia nosotros y se lanzó hacia el mueble de la cocina donde Sofía había señalado la gaveta cerrada.
Yo alcancé a ponerme enfrente antes de que llegara.
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No la empujé.
No la toqué.
Simplemente ocupé el espacio entre ella y el cajón mientras Sofía seguía escondida detrás de mi pierna y Valeria permanecía a un lado, con los dedos enrojecidos y la venda húmeda pegada a la piel.
—Quítate, Diego —dijo mi madre, esta vez sin el tono de anfitriona que había usado frente a sus invitadas—. Ahí no hay nada que te importe.
Esa frase hizo que mirara otra vez a mi hija.
Sofía no estaba viendo a su abuela.
Estaba viendo la gaveta.
—Sí me importa —respondí.
Teresa apretó los labios y metió una mano en el bolsillo de su vestido rojo.