Ella dudó.
Miró primero a su abuela.
Ese gesto me partió.
—Puedes enseñarlas —le dijo Valeria con suavidad.
Sofía abrió las manos.
La piel estaba roja y sensible, especialmente alrededor de los dedos.
Le preguntaron qué había pasado.
Teresa volvió a contestar antes.
—Estaba ayudando a lavar. Los niños meten las manos donde no deben.
La persona que atendía a Sofía no discutió con ella.
Repitió la pregunta mirando a mi hija.
—¿Qué pasó con tus manos?
Sofía se pegó a mí.
—El agua quemaba.
—¿Y por qué no la cerraste?
Mi hija frunció la boca.
—Porque la abuela dijo que faltaban muchos platos.
Teresa soltó un resoplido.
—Eso no significa que yo la obligara a quemarse.
Valeria levantó la vista.
Fue la primera vez desde que llegué que la vi mirar directamente a mi madre.
—Te dije tres veces que el agua estaba demasiado caliente.