Ahora miraban el cajón.
Luego las manos de Sofía.
Luego las de Valeria.
Mi madre entendió que ya no controlaba la versión de la historia.
Guardó silencio unos segundos y finalmente abrió.
Dentro estaba el teléfono de Valeria.
Nada más.
No había dinero escondido.
No había documentos secretos.
No había una revelación espectacular.
Solo un celular negro con una funda desgastada.
Y eso resultó peor.
Porque Sofía sabía perfectamente dónde estaba.
—¿Por qué sabía ella que lo guardabas aquí? —pregunté.
Teresa no contestó.
Valeria sí.
—Porque no es la primera vez.
Sentí que se me endurecía el pecho.
—¿Cuántas veces?
—Diego, ahorita no —dijo mi madre.
—Le pregunté a mi esposa.
Valeria recogió el teléfono.
Lo sostuvo con cuidado porque los dedos le dolían.
—Cuando te vas de viaje, cuando ella recibe gente o cuando dice que estoy siendo irrespetuosa.