—Tal vez.
Colocó nuevamente las manos sobre las teclas.
—Entonces escuchemos otra canción.
Esta vez no hubo bromas.
La música comenzó con fuerza.
No era delicada.
Era rápida, profunda, casi furiosa.
Los dedos de Ernesto golpeaban las teclas con una precisión que parecía imposible para aquellas manos envejecidas.
Arturo dio un paso atrás.
Su expresión cambió.
Había escuchado grandes pianistas a lo largo de su vida.
Lo que estaba viendo no era habilidad casual.
Era dominio.
Ricardo también lo comprendió.
Y eso parecía enfurecerlo todavía más.
—¡Ya basta! —dijo.
Ernesto siguió tocando.
Nadie hizo caso a Ricardo.
La música crecía.
Por primera vez aquella noche, el hombre mejor vestido del salón había dejado de ser el centro de atención.
Cuando Ernesto terminó, el silencio duró varios segundos.
Después llegaron los aplausos.
Primero tímidos.