Luego fuertes.
Ricardo se quedó quieto.
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Ernesto no sonrió.
Volvió a sentarse.
—Una más.
La tercera pieza fue diferente.
Suave.
Lenta.
Casi dolorosa.
Daniela empezó a llorar otra vez.
También Arturo.
Después una mujer de una mesa cercana.
Luego otra persona.
En menos de dos minutos, Ricardo pudo contar más de una docena de rostros húmedos.
Ernesto dejó caer las últimas notas.
Se levantó lentamente.
Pero ya no parecía encorvado.
Enderezó los hombros.
Su voz tampoco sonaba débil.
—Me debe veinte mil pesos.
Ricardo sacó varios billetes.
Se acercó y los dejó sobre el piano.
—Aquí tienes.
Ernesto miró el dinero.
—No es caridad.
—Como quieras llamarlo.
—Fue una apuesta.
Ricardo apretó la mandíbula.
—Tomesu dinero y váyase.
Ernesto no recogió los billetes.
Se volvió hacia los invitados.