Se quitó del dedo anular su sencilla alianza de platino.
El metal brilló bajo la luz pálida de un día nublado, describió un breve arco en el aire y cayó con un chapoteo discreto, apenas audible, en las aguas oscuras y gélidas del lago Champlain.
—Vive con tus miles de millones, Daymen —dijo Méline mientras se daba la vuelta hacia la casa—. Vive en tu torre vacía. Recuerda la forma de su nariz. Y cuenta las horas. Hasta el fin de tus días.
Tomó el sendero que conducía a la vieja mansión sin volver la vista atrás ni una sola vez. La puerta se cerró y una fina columna de humo claro comenzó a elevarse desde la chimenea.
Y yo me quedé allí, de rodillas, a la orilla del agua helada.
El viento arrojaba salpicaduras salinas contra mi rostro, mezclándolas con mis lágrimas. En mis manos temblorosas solo quedaba un diminuto gorro de lana, del tamaño de la palma de la mano: todo lo que restaba de mi imperio, de mi grandeza y de mi familia.