había imaginado.
La miréhorrorizado.
—¿Y las agresiones?
Savannah tragó saliva.
—Empezaron meses después.
La primera vez fue un empujón.
La segunda, me agarró del brazo.
Cada vez que amenazaba con contártelo, me recordaba Madrid.
Y después empezó a decir que nadie creería a una mujer que no tenía pruebas.
Por eso Savannah comenzó a documentarlo todo.
Fechas.
Fotografías.
Grabaciones.
Notas.
Tres años de pequeñas pruebas que, juntas, mostraban algo aterrador.
Mi madre no había perdido el control aquella tarde.
Había sido descubierta.
Era diferente.
Y entonces Savannah me dijo algo que cambió completamente la dirección de nuestra búsqueda.
—Christopher, todavía falta una grabación.
—¿Dónde está?
—No la tengo yo.
—Entonces, ¿quién?
Savannah respiró profundamente.
—Tu padre.
Me quedé inmóvil.
Mi padre llevaba diecisiete años sin hablar con mi madre.
Yo siempre había creído que su divorcio había sido simplemente amargo.
Pero Savannah me miró directamente a los ojos.
—Lo