Pasamos la tarde entre crayones, calcetines desparejados y el sonido de la vieja casa asentándose.
Las risas de las niñas resonaban en los techos altos y, aunque la casa era grande y hermosa, se sentía íntima por todos aquellos pequeños momentos que compartíamos.
Lo único que parecía fuera de lugar era una pesada puerta de madera al final del pasillo. Tenía una cerradura de latón fría y firme.
—¿Qué hay detrás de esa puerta? —pregunté antes de poder contenerme.
Daniel la miró y después miró a las niñas. Algo pasó fugazmente por su rostro.
—Solo basura —respondió, casi como si hubiera ensayado aquella frase—. Cosas viejas de los antiguos propietarios. La mantengo cerrada para que las niñas no se hagan daño.
Sonrió rápidamente, intentando tranquilizarme sin explicar realmente nada.
Parecía razonable, así que asentí.
—Está bien.
La puerta permaneció allí, silenciosa, como un recordatorio de que todavía había partes de su vida a las que no me había permitido entrar.