Primeros pasos hacia una nueva vida
Era una mañana de martes, a finales de octubre. La luz entraba por la ventana de la cocina en finas franjas doradas y hacía que el vapor de mi taza de café se arremolinara como pequeños fantasmas.
Estaba sentada en la pequeña mesa de madera que Daniel había comprado en una tienda de segunda mano de Maple Street, removiendo una cucharada de azúcar en mi café, cuando sonó el teléfono.
El tono de llamada era una versión aguda y metálica de “You’re My Best Friend”, una canción que mi madre solía tararear, y podía escuchar de fondo el suave zumbido del lavavajillas.
—Hola, cariño —respondió la voz de Daniel, cálida, aunque todavía con ese ligero cansancio propio de alguien que se levanta temprano para trabajar en el hospital.
—Hola, ¿cómo están las niñas?
—Bien, bien —respondí, intentando sonar despreocupada—. Emily todavía intenta meter los crayones en el lavavajillas y Grace no deja de preguntar si podemos cenar panqueques. Las dos están un poco resfriadas, pero solo es un catarro.
Hubo una pausa, seguida de un suave suspiro que pareció llenar la cocina.
—Llegaré tarde esta noche. Puedes llevarlas al parque si quieres. Compraré un poco de sopa de camino a casa.
Sonreí, aunque él no podía verme.
—Claro.
Escuché el leve clic de una puerta cerrándose al otro lado de la línea, un sonido que se convertiría en parte de la rutina durante las semanas siguientes.
Cuando llegué a la casa de Daniel aquella tarde, la puerta principal estaba entreabierta. El viejo pomo de latón brillaba bajo la luz del final de la tarde.