Diez días. Ese fue el plazo que un médico le dio a Lawson Mercer para asumir que sus gemelos de seis años, Jonah y Blythe, podrían no sobrevivir. Por primera vez en su vida, todo lo que representaba el apellido Mercer —el dinero, las armas, el temor que inspiraba, el poder— dejó de significar algo. Lo que siguió fue el descubrimiento de que la enfermedad de sus hijos no era un accidente, sino el resultado de un experimento cuidadosamente diseñado.
El niño que nunca se enfermó por casualidad
Todo comenzó con una habitación de hospital vacía. Jonah había desaparecido. Blythe temblaba en su cama, incapaz de sostenerse. Y el doctor Franklin Yates, el hombre en quien Lawson había confiado la salud de sus hijos, se había esfumado junto con un frasco robado del laboratorio familiar.
En medio del caos, apareció alguien que se suponía enterrada dos años atrás: Genevieve, la esposa de Lawson. Su primera frase lo destruyó por completo: su hijo nunca se enfermaba por accidente. Cada crisis, cada síntoma, cada recaída había sido provocada.
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