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Pero claro que era personal.
El tercer día de casados, desperté temprano para prepararle desayuno. Huevos con jamón, frijoles refritos, café de olla y pan dulce que había comprado la noche anterior. Quería empezar bien. Quería convencerme de que las groserías de doña Teresa durante la boda habían sido nervios, celos, tonterías.
A las 7:12 de la mañana, escuché el pitido de la cerradura electrónica.
Me quedé inmóvil con la cuchara en la mano.
La puerta se abrió.
Doña Teresa entró cargando bolsas del mercado y una olla envuelta en una toalla. Entró como si fuera su casa.
“Buenos días”, dijo, mirando la cocina con desprecio. “Ay, no, qué olor tan corriente. ¿Eso le vas a dar de desayunar a mi hijo?”
Sentí que se me helaba el pecho.
“¿Cómo entró?”
“Con la clave, mija. Diego me la dio por cualquier emergencia.”
“Este departamento es mío. Nadie entra sin avisarme.”
Doña Teresa soltó una risita.
“Qué moderna saliste. Donde vive mi hijo, entra su madre cuando quiera.”
En ese momento salió Diego del cuarto, despeinado, rascándose la nuca.
Yo lo miré esperando que dijera algo.