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Mi nombre es Valeria Ríos, tengo 32 años y vivo en la Ciudad de México, en un departamento pequeño en la colonia Narvarte que compré después de años de trabajar como administradora en una clínica dental. No era un penthouse, no tenía vista espectacular ni acabados de revista, pero era mío.
Mío de verdad.
Lo pagué con guardias extra, vacaciones que nunca tomé, domingos metida en la oficina y hasta con la venta del coche viejo de mi papá cuando murió. Ese departamento era mi logro, mi refugio, mi prueba de que yo podía salir adelante sola.
Luego conocí a Diego Herrera.
Era atento, divertido, educado. O eso creí.
Desde el noviazgo, su mamá, doña Teresa, dejó claro que ninguna mujer estaba a la altura de su hijo.
“Mi Diego necesita una mujer de casa, no una de esas que se creen independientes”, decía con sonrisa falsa.
Diego siempre se reía.
“Ya sabes cómo es mi mamá, Vale. No te lo tomes personal.”