Entré al cuarto de monitoreo.
Héctor cerró la puerta detrás de nosotros.
Frente a mí había una pared llena de pantallas.
Audio activo en las áreas comunes —me informó.
Me senté.
—Quiero saber qué pasa en mi casa cuando todos creen que estoy a miles de kilómetros.
Durante los primeros minutos me sentí ridículo.
Marisol limpiaba la cocina.
Mis hijas desayunaban.
El jardinero trabajaba afuera.
Todo parecía perfectamente normal.
Estuve a punto de levantarme.
Entonces Renata apareció en la sala.
Y la mujer que vi no se parecía en nada a mi prometida.
Su sonrisa desapareció.
Su postura cambió.
Su rostro se endureció.
Valeria estaba sentada en la alfombra leyendo un libro.
Sofía abrazaba un conejo de peluche que conservaba desde que murió su madre.
Renata caminó hacia ellas.
—¿Cuántas veces tengo que decirles que no quiero verlas tiradas en la sala?