Parte 1
Apagué las luces de mi despacho, tomé la maleta de cuero y besé a mis 2 hijas como si realmente estuviera a punto de viajar a Canadá.
—Solo serán 4 días —les dije mientras me abrochaba el saco—. Pórtense bien. El viernes estaré de regreso.
Valeria, de 9 años, me abrazó con tanta fuerza que sentí un nudo en el pecho.
Sofía, de 6, se aferró a mi mano.
—¿Tienes que irte otra vez, papá?
Sonreí aunque no tenía ganas.
—Es una reunión importante en Toronto.
Era mentira.
Mi avión privado no despegaría.
No había reunión.
Ni siquiera había reservado hotel.
45 minutos después de atravesar en mi camioneta los portones de mi residencia en Bosques de las Lomas, regresé por una entrada de servicio junto a Héctor, mi jefe de seguridad.
Nadie debía saberlo.
Mucho menos Renata.
Mi prometida.