No había preguntado.
Había elegido la explicación más cómoda.
Abracé a mis hijas.
—Escúchenme bien. Nunca voy a enviarlas lejos. Nunca.
Valeria comenzó a llorar contra mi hombro.
Sofía se aferró a mi camisa.
—Ustedes son lo más importante que tengo.
Levanté la vista.
Marisol también lloraba.
—Gracias —le dije—. Gracias por hacer lo que yo debí haber hecho.
—Solo las protegí.
Renata se acercó.
—Alejandro, amor, esto es un malentendido.
Me
puse de pie.
—No me toques.
Se quedó inmóvil.
—¿Qué te pasa?
—Tengo cámaras.
Su cara cambió.
—¿Qué?
—30 cámaras.
Retrocedió.
—Hoy no fui al aeropuerto.
El color desapareció de su rostro.
—Estuve mirando todo.
—Alejandro…
—Escuché cómo amenazaste a Marisol.
Renata comenzó a negar con la cabeza.
—Estaba alterada.
—Vi cómo tratabas a mis hijas.
—Necesitan disciplina.
—No eres su madre.
Mi voz retumbó por toda la sala.