Una llamada a mamá lo soluciona todo en treinta segundos.
Fue la madre, contactada por teléfono, quien finalmente resolvió el misterio, entre risas. ¿El objeto desconocido? Una simple perla de baño. Esas pequeñas y bonitas bolitas perfumadas que se echan en el agua de la bañera y que se disuelven suavemente, liberando aroma a lavanda o rosa.
Un vistazo rápido debajo del mueble del fregadero confirmó de inmediato el diagnóstico: una red de tela con cuentas multicolores, incluyendo una verde, idéntica a la causante del problema. Caso cerrado.
Pero, ¿cómo había acabado allí? La más pequeña había tocado la bolsa por la noche, se le había caído una cuenta sin recogerla —una serie de dibujos animados claramente acaparaba su atención desde el salón— y así nació un misterio doméstico.
¿Por qué lo desconocido estimula tanto nuestra imaginación?
Este pequeño percance pone de manifiesto un aspecto muy humano de nuestro comportamiento. Ante un objeto no identificado, nuestra mente no permanece tranquila. Al instante, construye una historia. Y esta historia casi siempre da un giro dramático.
En realidad, es un antiguo mecanismo de defensa: nuestros ancestros lejanos que anticipaban los peligros sobrevivían mejor. Incluso hoy en día, este reflejo nos lleva a dramatizar la situación ante una inocente perla de baño que se ha caído sobre los azulejos.
La realidad más mundana suele ser la correcta. Pero nuestro cerebro claramente prefiere el peor escenario posible.