Se burlaron del anciano que pidió comida por tocar el piano, hasta que una sola nota cambió todo….

Algunas personas aplaudieron la ocurrencia.

Ernesto no reaccionó.

Ricardo continuó.

—Pero vamos a hacerlo más interesante. Si consigues emocionar de verdad a una sola persona de esta sala… te doy veinte mil pesos.

La cantidad provocó murmullos y risas.

Para muchos de los presentes no era una fortuna.

Pero ofrecérsela así al anciano convertía la situación en

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Daniela Cruz observaba desde cerca de la cocina.

Tenía 24 años, estudiaba trabajo social y atendía mesas por las noches para pagar sus gastos.

Desde que Ernesto había entrado, ella no se había reído ni una sola vez.

Había intentado acercarse para ofrecerle agua, pero el encargado del lugar la había detenido.

—No te metas —le había dicho en voz baja—. Atiende tus mesas.

Daniela obedeció.

Pero siguió mirando.

Algo no encajaba.

No era únicamente la ropa del anciano.

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