PARTE 2: LOS TRES HEREDEROS DE ETHAN LANCASTER
El silencio del salón era tan profundo que podía escuchar el sonido de los flashes.
Ethan seguía mirándome desde el escenario.
Durante unos segundos, el hombre más poderoso de Nueva York pareció olvidar cómo respirar.
—¿Quién eres tú? —preguntó finalmente.
Solté una pequeña risa.
¿Quién era yo?
La mujer a la que había prometido amar para siempre.
La esposa a la que había abandonado bajo la lluvia.
La madre que había criado sola a sus tres hijos mientras él construía su imperio.
—Parece que catorce años no han sido suficientes para que recuerdes mi rostro.
Me quité lentamente los guantes negros y miré directamente a sus ojos.
—Soy Isabella Reed. Tu exesposa.
Un murmullo recorrió el salón.
—¿Isabella Reed? —susurró alguien—. ¿No es la mujer de la que se divorció el señor Lancaster hace catorce años?
—¡Imposible! ¡Desapareció después del divorcio!
—¿Y esos tres chicos? ¡Se parecen muchísimo a Ethan!
Las cámaras se acercaron inmediatamente.
Los periodistas comenzaron a gritar preguntas.
Pero yo no respondí a ninguna.
Solo miré a mis hijos.
—Daniel, Michael, Lucas. Saluden a su padre.
El mayor, Daniel, dio un paso adelante.
Ten
—Buenas noches, señor Lancaster.
Su voz era educada, distante.
No había emoción.
Ethan apretó los dedos alrededor del micrófono.
—¿Qué acabas de decir
Michael, el segundo, metió las manos en los bolsillos.
—Nuestra madre nos enseñó a respetar a
Lucas, el más joven, sonrió inocentemente.
—Aunque mamá también nos enseñó que no debemos llamar familia a alguien que nunca se ha preocupado por nosotros.
Un jadeo colectivo recorrió el salón.
La expresión de Ethan cambió.
—¿Cuántos años tienen?
—Catorce —respondí.
—¿Y sus nombres completos?
—Daniel Reed, Michael Reed y Lucas Reed.
Su apellido no era Lancaster.
Me había asegurado de ello.
Ethan bajó lentamente el micrófono.
—Isabella… ¿son mis hijos?
No respondí inmediatamente.
Quería que sintiera, aunque fuera durante unos segundos, la misma incertidumbre que yo había soportado durante catorce años.
—¿
Ethan palideció.
—Nunca supe que estabas embarazada.
—Claro que no lo sabías. Tu madre se encargó de que
—¡Eso es mentira!
La voz de Margaret Lancaster cortó el aire.
La anciana se levantó de su asiento en la primera fila.
A sus sesenta y tantos años, seguía llevando joyas que costaban más que la vida entera de muchas personas.
Me señaló con un dedo tembloroso.