A las ocho y diecisiete de la mañana, tres vehículos se estacionaron frente a la casa azul.
Lucía estaba amamantando a Emilia cuando escuchó el primer portazo.
Después otro.
Y otro.
Se acercó lentamente a la ventana.
Doña Rosa estaba frente al zaguán con dos maletas enormes.
Detrás de ella, Maribel descargaba bolsas, cajas y juguetes.
Tomás sacaba un televisor del automóvil.
Los niños corrían por la banqueta.
No habían venido a preguntar.
Habían venido a instalarse.
Doña Rosa golpeó el zaguán.
—¡Lucía! ¡Abre!
Lucía respiró profundamente.
Cada movimiento todavía le recordaba la cesárea.
Pero aquella mañana no estaba sola.
Caminó hasta la puerta con Emilia contra el pecho.
—Ya te dije que no.
Doña Rosa levantó las manos.
—¿Vas a dejar a tu propia madre en la calle?
—Tienes casa.
—¡Maribel no!
Maribel apareció detrás.
—Solo será mientras encontramos algo.
Lucía miró las cajas.
—Trajeron hasta televisión.
Tomás soltó una carcajada.
—Pues tampoco vamos a vivir como animales.
Entonces intentó abrir el zaguán.
Estaba cerrado.
Su sonrisa desapareció.
—Abre, Lucía.
—No.
Doña Rosa comenzó a golpear con más fuerza.
—¡Esta casa se compró con dinero de Andrés! ¡Ese dinero pertenece a la familia!
Una voz masculina respondió desde el interior.
—En eso se equivoca.
Todos quedaron inmóviles.
La puerta se abrió.
Esteban salió con traje oscuro y una carpeta bajo el brazo.
Doña Rosa retrocedió.
—¿Qué hace usted aquí?
—Protegiendo a mi cuñada y a mi sobrina.
Maribel miró a Lucía.
—¿Llamaste a un abogado contra tu propia familia?
Esteban levantó ligeramente la carpeta.
—Ella no necesitó contratarme. Soy familia de Emilia.
Tomás dejó el televisor en el suelo.
—Esto es ridículo. Solo queremos quedarnos unos días.
—Entonces deberían haber preguntado.
Esteban sacó una copia de las escrituras.
—La propiedad pertenece exclusivamente a Lucía Reyes. Ninguna de ustedes tiene derecho a instalarse aquí sin su consentimiento.
Doña Rosa señaló a Emilia.
—¡Yo soy su abuela!