Parte 2: El precio de la ceguera

Detuve el coche en el arcén de un camino de tierra, a cien metros de la casa.

Méline estaba de pie sobre un estrecho muelle de madera, muy cerca del agua.

Llevaba un abrigo largo de lana oscura y estaba envuelta en una bufanda gris. El viento le alborotaba el cabello castaño. Parecía frágil, inmaterial, como un fantasma a punto de disolverse en la niebla otoñal. Sin embargo, en su postura ya no quedaba rastro de aquella sumisión y dulzura con las que, durante años, había tolerado mi frialdad y mi agenda abarrotada. Se percibía en ella la fuerza indestructible y gélida de un ser que lo ha perdido todo y que, por consiguiente, se ha vuelto absolutamente invulnerable.

Salí del coche. Me flaqueaban las piernas; cada paso sobre los guijarros mojados me exigía un esfuerzo sobrehumano.

Cuando apenas faltaban unos veinte pasos para llegar al muelle, Méline se volvió lentamente. No se sobresaltó. No gritó. Su rostro permanecía impasible, pálido y puro como una losa de mármol.

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