—No lo sé.
Aquello cambió completamente la situación.
—Entonces, ¿por qué estabas pagando todo?
Adrian bajó la voz.
—Porque me dijo que si no la ayudaba, perdería el trabajo y tendría que regresar con su familia.
—Eso no explica los muebles.
—Ella me hizo creer que yo podía ser el padre.
—¿Y durante dos años?
Adrian levantó la mirada.
—Nos conocíamos desde antes.
Sentí que todo encajaba de una forma distinta.
—¿Cuándo empezó?
—Antes de nuestro compromiso.
Lo miré fijamente.
—¿Me engañabas mientras me pedías matrimonio?
—No era una relación.
—¿Dormían juntos?
No respondió.
Eso fue suficiente.
Me levanté.
—Ya no necesito saber nada más.
—Elena.
—No.
—Yo te amo.
Me quedé quieta.
—No sabes amar a alguien sin pedirle que acepte menos de lo que merece.
Yo caminé.
Pensé que finalmente había terminado.
Pero dos días después, Sofía apareció en mi apartamento.
No llevaba la actitud tímida de aquella noche.
Parecía aterrada.
—Necesito hablar contigo.
—No tenemos nada que hablar.
—Sí.
Me entregó un sobre.
—Esto es tuyo.
Abrí el sobre.
Dentro había copias de mensajes entre Adrian y ella.
Algunos eran recientes.
Otros tenían más de dos años.
Pero había algo más.
Un documento médico.
Lo leí.
Y levanté lentamente la mirada.
—¿Qué es esto?
Sofía respiró profundamente.
—El bebé no es de Adrian.
—Entonces, ¿por qué todo esto?
—Porque él me pidió que dijera que podía serlo.
Me quedé helada.
—¿Él?
—Al principio yo quería decir la verdad.
—¿Qué verdad?