Había compras de muebles.
Electrodomésticos.
Ropa de bebé.
Y una transferencia considerable a una clínica privada.
Mi respiración se detuvo.
—¿Bebé?
—Eso parece.
Volví a mirar la fecha.
El primer pago había ocurrido ocho meses antes.
Mucho antes de aquella noche en el hospital.
Llamé a Adrian.
Contestó al cuarto tono.
—¿Ya estás más tranquila?
—¿Sofía está embarazada?
Silencio.
No necesitaba escuchar la respuesta.
—Elena...
—Solo responde.
—No es lo que piensas.
—Entonces dime qué pienso.
No respondió.
—¿Desde cuándo?
—No sabía que estaba embarazada.
—¿Y los muebles?
—Ella necesitaba ayuda.
—¿La clínica?
Silencio.
—Adrian.
Finalmente habló.
—Sofía tuvo un tratamiento médico.
—¿Y tú pagaste?
—Es una persona que trabaja conmigo.
Me reí.
—Yo también trabajo. Nunca me pagaste una clínica privada.
—No compares las cosas.
—Tienes razón.
Mi voz se volvió completamente fría.
—Porque yo no estoy embarazada de ti.
Otra pausa.
—Elena, por favor.
—No.
Colgué.
Pero una hora después llegó un mensaje.
Tenemos que hablar en persona.
No respondí.
Entonces llegó otro.
Hay algo que nunca te conté.
Esa frase consiguió lo que las demás no habían logrado.
Acepté encontrarme con él.
Nos vimos en una cafetería cerca del hospital.
Adrian llegó solo.
Parecía agotado.
—Sofía está embarazada —dijo.
No reaccioné.
—Lo sé.
—Pero no estoy seguro de que el bebé sea mío.
Lo miré.
—¿Qué?
—Ella dice que sí.
—¿Y tú?