porprimera vez me pregunté si aquella pequeña llave escondida dentro del sobre abría algo que mi madre jamás había querido que yo encontrara.
La llave era pequeña, de metal oscuro, y llevaba grabado un número: 317.
No pertenecía a ninguna puerta de nuestra casa.
Savannah la reconoció en cuanto se la enseñé.
Su rostro perdió el poco color que le quedaba.
—La he visto antes.
—¿Dónde?
—En el bolso de tu madre. Siempre la llevaba consigo. Una vez le pregunté qué abría y me dijo que no volviera a tocar sus cosas.
Aquella noche, después de que un médico examinara a Savannah y confirmara que nuestra hija estaba bien, llamé a un abogado. También entregamos copias de las fotografías, notas y grabaciones para que quedara constancia de todo.
No quería volver a cometer el error de pensar que aquello podía resolverse simplemente hablando con mi madre.
A la mañana