que se había hecho en mi nombre.
La casa también volvió a tener una rutina.
La puerta azul siguió ahí.
La cerradura negra fue reemplazada.
No hice una ceremonia.
No invité a nadie.
Solo volví a meter una llave en la cerradura.
Esta vez entró.
Me quedé unos segundos en el recibidor.
Todo parecía más pequeño que antes.
Quizá porque durante aquellos días había entendido que una casa puede ser enorme y, aun así, sentirse perdida.
Caminé hasta la habitación donde había dormido Richard.
Abrí un cajón.
Encontré una fotografía vieja.
La misma puerta azul aparecía detrás de nosotros.
La guardé junto con mis documentos.
Después saqué del bolsillo la única llave que había conservado aquella noche.
La puse sobre la mesa.
Durante un tiempo había pensado que esa llave representaba mi casa.
Ya no.
Representaba algo más importante.
La posibilidad de elegir quién tenía acceso a mí.
Daniela volvió