Sentí miedo.
Pero también alivio.
Pensé que estaba ayudando a salvar a mi familia.
Y jamás imaginé que aquella decisión cambiaría nuestra relación para siempre.
Durante los primeros meses no dije nada sobre el dinero.
Sabía que estaban atravesando dificultades y no quería presionarlos.
Pero con el tiempo empecé a notar algo extraño.
Las redes sociales mostraban escapadas de fin de semana.
Cenas en restaurantes.
Compras que no parecían propias de alguien al borde de la ruina.
Aun así intenté convencerme de que estaba juzgando demasiado rápido.Cuando preguntaba por el préstamo, siempre recibía la misma respuesta.
—Estamos ajustándonos todavía.
—Danos un poco más de tiempo.
—Pronto empezaremos a devolverte algo.
Las semanas se transformaron en meses.
Y los meses en más de un año.
Ni un solo pago.
Ni siquiera una pequeña devolución simbólica.