Aquella noche, por primera vez en muchos años, sentí que era algo más que una madre, una esposa o una abuela.
Volvía a ser aquella joven Margaret que un día había tenido grandes sueños.
Han pasado seis meses desde entonces.
Nuestra pequeña casa de huéspedes ya tiene sus primeros visitantes habituales.
Robert sigue las recomendaciones del médico, me ayuda a preparar los desayunos por las mañanas y pasa las tardes sentado en el jardín, leyendo el periódico.
A veces los huéspedes nos preguntan por qué tenemos colgada en la pared de la sala de estar aquella fotografía en la que yo llevo un abrigo de piel blanco y Robert una camisa blanca.
Yo sonrío y respondo:
—Porque esa fotografía es el recuerdo de la última noche de nuestro matrimonio.
Ellos se sorprenden.
Entonces Robert se acerca, me abraza y añade: