—Mi hijo Alejandro tiene azoospermia. Durante años le dijeron que probablemente nunca podría ser padre.
Valeria creyó haber escuchado mal.
Entonces él añadió algo todavía más absurdo.
—Tú crees que eres estéril. Mi hijo cree que también lo es. Ninguno tendría que prometerle hijos al otro. Podrían casarse y dejar de vivir bajo el juicio de sus familias.
Valeria soltó una risa seca.
—¿Me está proponiendo casarme con un desconocido?
—Te estoy proponiendo conocerlo.
Tres días después, antes de que pudiera darle una respuesta, Renata apareció furiosa en su taller.
Mauricio le había enviado decenas de mensajes a Valeria desde la boda. Ella jamás respondió uno.
Pero Renata no quiso escuchar explicaciones.
—¡No pudiste darle hijos y ahora tampoco soportas verlo feliz!
En un arrebato, tomó el vaso donde Valeria limpió sus pinceles y arrojó el agua sobre el manuscrito colonial.