Ahora estaba casándose con otra.
—Te deseo una casa llena de niños —respondió Valeria, retirando lentamente su brazo de la mano de Teresa—. Pero jamás vuelvas a hablar de mi cuerpo como si te perteneciera.
Salió del hotel sin llorar.
Trabajaba como restauradora en un instituto de conservación histórica de la Ciudad de México. Esa tarde regresó al taller y se encerró entre pergaminos, pinceles y documentos antiguos.
Estaba restaurando un manuscrito colonial con la imagen de un águila herida cuando alguien tocó la puerta.
Era Rafael Alcázar, director general del instituto.
Un hombre de casi sesenta años cuya presencia bastaba para silenciar cualquier pasillo.
Observó durante unos segundos el manuscrito y luego la miró directamente.
—Me enteré de lo ocurrido en esa boda.
Valeria sintió vergüenza.
—Preferiría no hablar de eso.
—Yo sí necesito hablar contigo.
Rafael cerró la puerta.