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Caí contra una silla, sintiendo que el pantalón se pegaba a mi piel. El dolor me atravesó completa.
“¡Diego!”
Él se levantó.
Por un segundo pensé que venía a ayudarme.
Pero se acercó y me soltó una cachetada tan fuerte que mi cabeza pegó contra la pared.
“Le pides perdón a mi mamá ahorita mismo”, dijo con una frialdad que no reconocí.
Doña Teresa respiraba agitada, todavía con la olla en la mano.
“Para que aprendas quién manda en esta familia.”
Y ahí, con las piernas quemadas y sangre en el labio, entendí que la puerta que se había abierto esa mañana no era la entrada de mi suegra.
Era la entrada a una pesadilla que apenas comenzaba.
Y nadie podía imaginar lo que estaba a punto de pasar…