de verdad era estar en casa.
—Nuestro matrimonio no es otro paciente al que tienes que resolver —le dije—. Si no estabas de acuerdo conmigo, tenías que dejarme no estar de acuerdo.
Días después me pidió que lo acompañara a conocer Mérida. Primero dije que no. Después acepté, pero por mí. Y la ciudad me molestó justamente porque no la odié: me gustaron los barrios, los parques, una panadería frente al hotel. Entonces entendí que el problema no era Mérida. Era cómo la había elegido sin mí.
En una cena con sus futuros compañeros, alguien comentó lo contenta que debía estar yo por “los viernes”. Andrés había negociado un viernes libre al mes para él y Camila, porque ella le había dicho una vez que siempre trabajaba “en los días divertidos”.
—Entonces empieza a contarme las cosas que recuerdas antes de armar una solución alrededor de ellas —le pedí.