decisión de los dos
Al volver le puse mis condiciones sobre la mesa: no nos mudaríamos hasta que Camila terminara el año escolar, yo cumpliría todos los encargos de mi negocio de repostería, y reconstruiría mi clientela a mi manera. Y si el trabajo volvía a devorarse a la familia, él no lo resolvería solo: primero me lo traería a mí.
Esa misma semana lo escuché llamar al hospital de Mérida para pedir que movieran la fecha de ingreso. “Mi hija tiene que terminar el año y mi esposa tiene un negocio que no puede abandonar en seis semanas”, dijo. Por primera vez, mi trabajo aparecía en su frase.
Aceptaron esperar hasta el verano. Un sábado, con Camila en la mesa, le dije que sí.
—¿Nos mudamos? —preguntó ella.
—Estamos pensando en un lugar nuevo porque el trabajo de papá nos va a dar más tiempo juntos. Pero lo vamos