duró un instante. Después vino la confusión, y después, el enojo.
—¿Y tú lloras porque se va?
—Es mi mejor amigo. Creí que ya lo sabías.
Una oficina a medio vaciar
Caminé hasta el consultorio de Andrés. La puerta estaba entreabierta. Sobre el escritorio había una carpeta abierta: una dirección en Mérida y una fecha de ingreso dentro de seis semanas. Dos repisas estaban vacías, los libros en cajas, y la foto de Camila y yo, envuelta en papel de diario.
—¿Lucía?
Andrés estaba en la puerta con un café en la mano.
—¿Aceptaste un trabajo en Mérida?
—Pensaba contártelo todo. Déjame explicarte.
Le fui preguntando, uno por uno: ¿después de postularte? ¿Después de la entrevista? ¿Después de aceptar? A todo me dijo que sí. Llevaba cuatro meses con el plan.
—Es un puesto con menos guardias, con fines de semana libres. Quieren que dirija parte del servicio —se defendió—.