de sentarme a comer la mía. Algunas noches ni siquiera volvía.
—Estamos cortos de personal, amor. No me esperes despierta.
Cuando por fin se metía en la cama, se veía tan agotado que me tragaba cualquier reclamo. Una madrugada lo encontré sentado en el borde del colchón, con los hombros temblando. Se secó la cara antes de darse vuelta. “Fue una noche dura, Lu. Vuelve a dormir”.
Por eso aquel martes decidí sorprenderlo.
Lo que Ramiro no se animaba a decir
En el mostrador de enfermería, una enfermera que conocía desde hacía años dejó de sonreír al verme. Nadie me decía dónde estaba mi marido. Entonces apareció Ramiro, su colega y mejor amigo, blanco como un papel.
—Se va, Lucía —dijo por fin.
Por un segundo dejé de respirar.
—¿Me deja a mí?
—¡No! No, perdóname. Me refiero al hospital. Aceptó un puesto en otra ciudad. En Mérida.
El alivio