La primera línea hizo que se me helara la sangre en las venas:
«Mamá, no me lo tengas en cuenta. No es culpa tuya que hayamos tardado tanto en entenderlo…»
Levanté la mirada hacia el oficial que estaba ante mí; mis ojos, anegados en lágrimas, estaban cegados por el espanto. Un joven agente, de rostro fatigado, se quitó la gorra y la apretó contra su pecho. En la penumbra de la entrada, su placa brillaba con un fulgor apagado bajo la luz mortecina de una única bombilla.
—Oficial… ¿qué ha pasado? —mi voz se quebró en un susurro ronco, transformado en un espasmo seco. Al instante, los peores temores que pueden asaltar la mente de una madre me invadieron: un amasijo de chatarra en la autopista, la sirena aullante de una ambulancia, una colisión múltiple, la unidad de cuidados intensivos—. Ellos… los seis… ¿ha habido un accidente? ¡Dios mío, dígame la verdad, ¿quién ha muerto?!