pedí perdón una y otra vez. Él me puso la mano áspera sobre la cabeza, igual que antes.
Hoy dirijo una constructora y tengo una oficina con vista al río. En el centro, ocupando media pared, está la mesa de dibujo que hizo mi hermano. Y cada vez que alguien me felicita por mis logros, repito en voz alta lo que aprendí aquel día: nadie llega solo a ningún lado. A veces el que más te sostiene es justamente al que le dijiste que no era nadie.