Durante el desayuno, mi esposo me arrojó café hirviendo al rostro porque me negué a darle mi tarjeta bancaria a su hermana. Me dijo: “O obedeces o te vas”. Fui al hospital, guardé el informe médico y, al regresar, dejé mi anillo de bodas sobre la mesa… sin imaginar lo que él encontraría después. PARTE 1 —¡Si no le das tu tarjeta bancaria a mi hermana, lárgate de mi casa! —gritó Alejandro Salazar, antes de lanzar una taza de café hirviendo directamente al rostro de su esposa. No fue un accidente. Lo hizo a propósito, cegado por la ira y con la fría seguridad de un hombre convencido de que nadie en su casa se atrevería a enfrentarlo. El café ardiente salpicó la mejilla izquierda de Valeria Morales, descendió por su cuello y empapó la blusa blanca que había elegido para una videollamada con sus clientes. Durante dos largos segundos

Había mensajes impresos.

No eran conversaciones entre Rebeca y Valeria.

Eran mensajes

los puños.

—¿Dónde está el dinero de la venta?

Rebeca no respondió.

Su silencio fue suficiente.

Alejandro tomó su teléfono y llamó a Valeria.

La llamada se fue directamente al buzón.

Volvió a marcar.

Bloqueado.

Intentó desde el teléfono de Rebeca.

Esta vez Valeria respondió.

—¿Bueno?

Alejandro respiró con fuerza.

—¿Dónde estás?

—Eso ya no es asunto tuyo.

—Tenemos que hablar.

—No.

—Valeria, lo de esta mañana fue un error.

Ella guardó silencio durante unos segundos.

—Un error es derramar el café al mover la mano. Tú levantaste la taza, me miraste y la lanzaste.

—Estaba enojado.

—Eso no cambia nada.

—Podemos arreglarlo.

—Ya lo estoy arreglando.

Alejandro miró la carpeta abierta sobre la mesa.

—¿De dónde sacaste esos documentos?

—De mi propia computadora. De mis cuentas. De las cámaras del departamento. De los respaldos automáticos que olvidaste borrar.

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