El restaurante terminó recibiendo un nombre puesto por los propios clientes: «Una Segunda Vida.» Le quedaba perfecto. Una mañana, mi hija me miró y me dijo: «Mamá, si no hubieras venido aquel día, todavía estaría allá. Gracias por no dejarme sola.»
Aprendí que el dinero enviado desde lejos nunca reemplaza una vida compartida. La felicidad no está en tener mucho, sino en sentarse a una mesa sencilla con la persona que amamos y saber, por fin, que estamos viviendo y no solo sobreviviendo.