Daniel clavó los ojos en él.
—Usted trabaja para nuestra familia.
—Trabajaba para su padre.
Aquello lo hizo callar durante unos segundos.
Patricia se acercó a mí.
—Mi padre estaba enfermo. Tú apareciste cuando era vulnerable, te casaste con él y ahora pretendes quedarte con lo que pertenece a sus hijos.
La miré fijamente.
Dos años atrás probablemente habría bajado la cabeza. Había pasado demasiado tiempo sintiéndome pequeña por vivir con una pensión mínima y depender de una residencia pública.
Pero Harrison me había enseñado algo importante: no tener dinero jamás debía confundirse conno tener dignidad.
—Cuando vuestro padre necesitaba compañía, ninguno de vosotros estaba aquí.
Patricia abrió la boca, pero continué.
—Yo estaba cuando no podía dormir. Yo estaba cuando tenía miedo. Yo estaba cuando necesitaba ayuda para levantarse de la cama. Y fui yo quien sostuvo su mano cuando murió.