Había pasado recientemente por un divorcio amargo y le gustaba la idea de demostrar que podía conquistar a una mujer que supuestamente rechazaba a todos.
Era horrible.
Y Adam no intentó hacerlo sonar mejor de lo que realmente era.
Vanessa le dio información.
Lo que le gustaba a Claire.
Lo que le daba miedo.
Lo que otros hombres habían hecho mal.
Incluso la promesa que Claire se había hecho cuando era joven.
Adam utilizó todo eso.
Por eso sabía cuándo detenerse.

Por eso sabía que no debía hacer comentarios sobre su cuerpo.
Por eso sabía exactamente qué tipo de hombre inspiraría confianza en Claire.
Claire escuchaba mientras las lágrimas caían silenciosamente por sus mejillas.
La ternura que había creído que pertenecía solo a ellos dos de repente parecía robada.
—¿Cuánto? —preguntó finalmente.
Adam parecía confundido.
—¿Qué?
—¿Qué ganabas?
Él bajó la mirada.
—Nada.
Claire soltó una risa amarga.
—No me insultes ahora.
—No había dinero.
—Entonces, ¿por qué?
Adam la miró directamente.
—Porque era un idiota arrogante que quería demostrar que podía hacer lo que otros hombres no habían podido.
Esa respuesta dolió más de lo que habría dolido el dinero.
Para Adam, su virginidad había sido alguna vez un logro.
Una victoria.
Algo que su ego podía conquistar.
Claire se levantó.
—Te odio.
—Lo sé.
—¿Y Vanessa?
Adam deslizó el teléfono hacia ella.
—Lee los mensajes de las últimas semanas.
Claire no quería hacerlo.
Pero lo hizo.
Los mensajes habían cambiado.
Al principio Adam había seguido el juego.
Pero unas semanas antes, Vanessa le había escrito:
“Te estás encariñando demasiado. No olvides lo que es esto.”
Adam había respondido:
“He terminado.”