Pero no pasó nada.
Ninguna llamada.
Ningún mensaje.
Un silencio total.
Pensé que eso significaba que habían encontrado otra solución. Tal vez habían encontrado otro donante. Tal vez los médicos estaban probando nuevos tratamientos. Tal vez mi marido estaba demasiado ocupado en el hospital como para preocuparse por mí.
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Pasaron dos semanas antes de que la culpa finalmente me empujara a volver a casa.
Me dije que solo iba a ver cómo estaban.
Solo quería saber cómo evolucionaban las cosas.
Pero en cuanto crucé el umbral de la casa, tuve un mal presentimiento.
Las paredes del salón estaban cubiertas de dibujos.
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Decenas de ellos.
Quizás cientos.
Bocetos torpes e irregulares, pegados con trozos de cinta adhesiva médica blanca. Trazos de lápiz cubrían el papel como tormentas de color.
Muñecos de palitos con cabezas gigantes.
Un hombre alto.
Un niño más pequeño.
Y junto a ellos, una mujer de cabello largo.
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Encima de cada dibujo, escrita con letras temblorosas, aparecía la misma palabra: