Ya no recibía margaritas como sustituto de una explicación.
Y, sobre todo, la gente cercana a mí dejó de conocerme a través de la versión que Diego construía.
Mi suegra me llamaba directamente.
Mis padres sabían cuándo necesitaba ayuda.
Paula seguía entrando a la casa sin pedir permiso para cargar a su sobrina mientras yo comía algo caliente.
Una tarde, cuando Renata ya podía agarrar objetos con más fuerza, encontró mi llavero sobre la mesa.
Lo levantó con las dos manos y lo agitó, fascinada por el sonido.
Yo se lo quité antes de que se lo llevara a la boca.
Entre las llaves estaba la misma que Diego había dejado durante aquella cena.
Durante meses pensé que esa llave representaba el instante en que mi matrimonio se rompió frente a todos.
Con el tiempo entendí que no.