Daniela había sido parte de esa traición.
El dinero había sido parte de esa preparación.
Los papeles demostraban que no se trataba de una idea nacida después de nuestra cena familiar.
Y la historia sobre mi supuesta depresión mostraba hasta dónde había llegado para conservar una apariencia aceptable mientras se alejaba.
Finalmente decidí seguir adelante con la separación.
No lo hice durante una pelea.
No fue el día que escuché el beso por teléfono.
Ni siquiera fue la noche en que dejó la llave sobre la mesa.
Lo decidí semanas después, una tarde común, cuando Renata acababa de quedarse dormida después de comer.
Diego estaba sentado frente a mí.
Le dije que no podía regresar al matrimonio que habíamos tenido porque ahora sabía que, durante demasiado tiempo, yo había estado tomando decisiones con información que él manipulaba.