Presionó una sola tecla.
El sonido atravesó el salón.
Perfecto.
Limpio.
Controlado.
Las risas se apagaron.
Ricardo frunció el ceño.
—Casualidad.
Ernesto tocó otra nota.
Después una tercera.
Y comenzó una melodía.
No era una canción conocida.
Era sencilla.
Casi podía parecer una canción de cuna.
Pero había algo extraño dentro de ella.
Tristeza.
Espera.
La sensación de despedirse de alguien sin saber que aquella sería la última vez.
Daniela dejó de acomodar las copas.
Un mesero sequedó inmóvil con una charola entre las manos.
Incluso Ricardo dejó de sonreír.
La mano izquierda de Ernesto entró poco después.
Los acordes se volvieron más profundos.
Entonces ocurrió algo que nadie esperaba.
Durante unos diez segundos, el anciano dejó de contenerse.
Sus dedos comenzaron a moverse con una velocidad increíble.
Subían.
Bajaban.
Se cruzaban.
Regresaban.