Se burlaron del anciano que pidió comida por tocar el piano, hasta que una sola nota cambió todo….

Ernesto estrechó su mano.

—Eso esperaba.

Antes de marcharse, Ernesto se volvió una última vez hacia los invitados.

Nadie miraba su ropa ahora.

Nadie veía sus botas gastadas.

Y esa era precisamente la lección.

—Esta noche cometieron un error muy sencillo —dijo.

Esperó.

—Vieron ropa vieja y decidieron que conocían al hombre que había dentro.

Señaló hacia la puerta por la que Ricardo acababa de salir.

—Después vieron un traje caro y decidieron exactamente lo contrario. Nadie se movió.

—No hagan ninguna de las dos cosas.

Su voz se suavizó.

—El dinero puede comprar comodidad. Educación. Tiempo. Muchas oportunidades.

Miró sus propias manos marcadas por los años.

—Pero no puede comprar carácter.

Ernesto caminó hacia la salida.

El encargado del salón corrió detrás de él.

—Señor Salgado…

Ernesto se detuvo.

—Quería disculparme.

El hombre parecía avergonzado.

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