—Dígamelo.
—Hay una inconsistencia.
—¿Qué clase?
—Los registros que justificaron la urgencia del trasplante no coinciden completamente con algunos análisis anteriores.
Adrián palideció.
—¿Está diciendo que Noah no estaba enfermo?
—No. El niño tiene una enfermedad renal seria.
Miró directamente a Adrián.
—Pero necesitamos establecer si la intervención debía ocurrir exactamente de esta manera y en ese momento.
Me senté.
Aquello significaba que alguien quizá había creado una urgencia mayor de la que los documentos independientes podían demostrar.
No culpé a Noah.
Jamás.
Era un niño de cinco años.
Tan inocente como Lily.
Entonces Rebecca recibió una llamada.
Se apartó.
Cuando regresó, llevaba el rostro completamente blanco.
—Elena, tenemos los resultados preliminares de otra revisión.
—¿Qué encontraron?
Miró a Adrián.
—El tipo sanguíneo registrado para Lily en el expediente del trasplante no coincide con el de sus registros pediátricos anteriores.
Adrián se quedó inmóvil.
—¿Qué significa?
—Todavía no lo sabemos.
—¿Hubo un error?
—Puede ser un error de documentación. Puede haber otra explicación. Necesitamos confirmarlo antes de concluir nada.
Entonces recordé algo.
Cinco años atrás.
La noche en que Lily nació prematuramente.
Dos bebés habían sido trasladados casi simultáneamente a cuidados intensivos.
Lily.
Y otro recién nacido.
El hijo de Clara.
Me giré lentamente hacia Adrián.
—¿Cuándo nació Noah?
No respondió.
—Adrián.
—El mismo día que Lily.
Sentí que el suelo desaparecía.
—Me dijiste que era tres meses mayor.
—Eso fue lo que Clara me dijo.
Rebecca cerró los ojos.